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Opinión por Juan Losada: "Tengo el iPhone lleno de muertos"

Comentarios013 nov 2018 14:30 - CET
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Ha sonado peor de lo que pretendía. Nada de necrofilia, tranquilos. Quería decir que tengo la agenda del móvil con muchos contactos de gente fallecida. Y, a lo mejor, “lleno” puede que tampoco sea la palabra. Lo que sí es cierto es que no son ni uno ni dos. Puede que incluso alguno más lo esté y todavía lo ignore. En cualquier caso, ahí están, encerrados sin enterrar.

Hace poco me encontraba haciendo limpieza en la agenda de contactos del teléfono cuando me crucé con el nombre de un amigo. Era un buen tipo, una buena persona incluso. Nos caíamos bien, nos gustaba tomar un café juntos, hablar de bolsa, de libros, de música clásica, de ajedrez, de derecho procesal… no sé por qué no quedábamos más.

Las típicas excusas: vidas atareadas, el trabajo, la familia… Habríamos llegado a ser Amigos con mayúsculas.

No fue culpa suya ni mía. O puede que sí, de los dos. Ninguno hizo un esfuerzo añadido por llamar, por encontrar un hueco en la frenética y densa (y fatua) agenda de obligaciones. Cuando me enteré de su fallecimiento se agolparon en el paladar de mi boca cientos de palabras, espesas como el alquitrán, que querría haberle dicho. El torniquete en mi garganta impedía que fluyera el oxígeno y me ardían las córneas. Tarde.

Le podré dedicar la novela in memoriam, pero eso a él ya no le vale para nada. Ni a mí.

¿Qué se supone que tengo que hacer con los datos de contacto? Email, teléfono, fecha de nacimiento, dirección… ¡si al menos pudiera mandarle un whastsapp al más allá! Pero esa dirección no figura entre sus datos. ¿Debería eliminar el contacto?

No puedo. Me da la impresión de que sería un gesto irrespetuoso, casi un desprecio. Como si le diera una bofetada. También sentiría que le estoy borrando definitivamente de mi vida.

Como él, tengo unos cuantos cadáveres más. Amigos a los que les dejé a deber elogios, reconocimientos y agradecimientos. Con los que mi deuda de tiempo quedará sin saldar. Todos se fueron antes de la que se supone que sería su hora normal. De haber sabido que… no tiene sentido torturarse así.

No sé cuál fue el impulso que me llevó a marcar el número de mi amigo. A cada tono tenía miedo de que contestase. Zummm, zummm, zummm. Saltó el contestador y casi se me sale el corazón por la garganta al escuchar su voz. Silencio. ¿Iba a dejar un mensaje a un muerto por si lo escuchaba? No, claro que no. Pero lo dejé. Me despedí de él, le dije cuánto le estaba echando de menos; cómo sentía no haber quedado más a menudo con él; que me gustaría volver a verlo allí donde esté…

No había terminado de secarme las lágrimas con el vello de mi antebrazo cuando sonó mi teléfono. En la pantalla, el nombre de mi amigo. Casi me dio un ictus. Me estaba respondiendo, lo que significaba que más allá sí había cobertura, no como en mi casa. Algo bueno tenía el otro barrio.

Jamás me habían temblado más las manos. Las paredes del despacho ondulaban, el suelo giraba bajo mis zapatos como un sumidero. Me dejé caer al suelo resbalando la espalda por la pared y descolgué.

Aunque fui incapaz de contestar, una voz habló al otro lado de la línea. Era la mujer de mi amigo. Apenas la traté, pero ella me recordaba bien. Con la voz rota me agradecía mis palabras. Le habría encantado escucharte, me dijo. Y estoy segura de que también a él le habría gustado verte más a menudo. Yo no podía ver sus lágrimas pero sentía su calor a través del aparato. Tanto que llegó a mojar mi teléfono y estuvimos varios minutos en silencio, probablemente por alguna avería en la conexión.

No he vuelto a llamar a ninguno de esos amigos que se han ido de aquí. Por si acaso, que tengo el colesterol y la tensión por las nubes. Me limito a detenerme un ratito cuando me cruzo con su nombre en la agenda, para recordar.

Ahora sé que jamás borraré los contactos de mis amigos muertos.

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